Kierkegaard y la Angustia: Tres dimensiones del hombre

"Fueron grandes quienes se amaron a sí mismos, fueron grandes quienes amaron a los demás; pero más grandes son quienes aman a Dios"


El así conocido "¡sapere aude!: ¡Atrévete a pensar por sí mismo!" kantiano no deja de interpelarnos. Y, ahora más que nunca, debemos reflexionar en torno ello. No necesariamente desde el punto de vista del mismo autor. 
¿Por qué partir desde esta frase tan profunda? Porque sintetiza no solo la falta de pensar por uno mismo, sino también porque nos invita a perder nuestros: miedo a la soledad porque pienso distinto de los demás, miedo a dejar la comodidad de pensamiento y miedo de llegar a conocer lo que verdaderamente somos.
El hombre, durante su proceso ascendente en años y descendente en fuerzas, pasa por un sinnúmero de dificultades y miedos. Tal vez no sea del todo determinante esto, pero, sobre esto, quisiera señalar tres de los muchos miedos que el hombre debe superar.
Los grandes hombres no siempre son percatados por la felicidad que anuncian o por la justicia que promueven, tampoco son notados por las grandes hazañas que pululan en libros, ni mucho menos por los cuentos sobre angustias sufridas en cuerpo y alma; los grandes hombres-y que permanecen en la posteridad-son aquellos que, en lugar de hundirse en la angustia, optan por curarla. Estos son grandes, no solo porque reconocen cómo curarla sino porque saben dónde poner la mirada para encontrar la cura perfecta. Es decir, saben que la angustia, vista desde su sentido negativo es una enfermedad mortal, pero, si es vista desde su positividad, es curable, no con la tristeza sino con la felicidad (Kierkegaard, 2008, p.35).
Ahora bien, la cura de esta enfermedad mortal, la angustia, no es tan sencilla como se muestra en el argumento establecido, mas no por eso se debe tornar imposible. Esto implica seguir un proceso ascendente. Y el arquetipo, aunque tal vez no el único, sería Abraham. Pero cuando se habla de procedimiento debe entenderse bajo un curso, realizado por el hombre, siempre en ascenso. Lo cual no significa que, una vez iniciado el proceso, no haya caídas y vuelta atrás sino que denota la complejidad del camino emprendido. En efecto, se puede establecer tres niveles: El primer nivel de angustia se da en aquel que “ignora poseer un yo” (Kierkegaard, 2008, 33). Este nivel hace ver que el hombre encuentra su existencia en aquello que lo rodea y olvida, así, que tiene un Yo. Es cuando el hombre niega que “el yo es una relación que se relaciona consigo misma” (Kierkegaard, 2008, p.33). Esto es lo que expresa el momento en que Abraham hubiese deseado hacer la voluntad de Dios sin salir de su tierra, aquel lugar que le da existencia. En otras palabras, ignorar la posesión de un yo, supone que mi existencia solo la entiendo y la justifico en todo lo que me rodea, olvidando mi ser, mi yo.
Sin embargo, el hombre, no se queda ahí sino que llega a ser. Esto que llega a ser hace que se distinga como el primer gran hombre, porque transforma su persona y entonces es grande en su propia persona porque ha decidido amarse a sí mismo (Kierkegaard, 2010, p.592). Así, su existencia no solo está en el lugar que nació, sino que, al amarse a sí mismo, se da cuenta que existe, se da cuenta de su yo, y que puede seguir existiendo incluso cuando se encuentre más allá del lugar que lo vio nacer y crecer. Es la decisión, del gran hombre, de ir más allá de sí mismo.
Después de amarse a sí mismo el hombre avanza y asciende a un segundo nivel. Es la angustia “del desesperado que no quiere ser sí mismo” (Kierkegaard, 2008, p.33). Este proceso, o mejor dicho este momento, fue inevitable para Abraham, porque aceptarse como “sí mismo” significaba que tenía que “ser amable con su realidad”[1] y aceptar que a su edad[2] aquella promesa divina era irrealizable. Pero, al igual que el anterior nivel de angustia, el hombre desesperado traspasa los límites de edad y ya no se ama a sí mismo, sino que pasa a ser un gran hombre porque ama a los demás por medio de su entrega y donación (Kierkegaard, 2010, p.592). Entrega y donación hacia lo nuevo que le rodea. O, más bien, confianza en que el otro[3] le permitirá desdeñar que la existencia está en sí mismo y en las nuevas personas que llegan a su vida. Es decir, en la promesa que la divinidad le ha hecho: darle un hijo.
Por último, el tercer nivel de angustia es la expresada por “el desesperado que quiere ser sí mismo” (Kierkegaard, 2008, p. 33).  Si este momento de angustia es visto en la historia de Abraham, se da cuando Dios le pide el sacrificio de su único hijo. Es decir, Abraham llegó a un momento donde la aceptación de la voluntad de Dios implicaba dejar todo lo que él podía creer como bueno. Porque “así todo estaba perdido y la nueva situación resultaba más terrible que en el caso de que los deseos de tener un hijo no se hubieran cumplido nunca” (Kierkegaard, 2010, p.595). En otras palabras, el hombre se desespera por ser “sí mismo”, porque ser sí mismo significa seguir sus propios principios éticos y desdeñar la voluntad divina.
Sin embargo, el hombre no solo niega la posesión de un yo, sino que puede evitar querer ser “sí mismo”, también se desespera por ser “sí mismo”. Pero, gracias a la angustia, pasa de amarse a sí mismo a amar a los demás y, por último, su amor no solo es para los demás sino también para Dios. Pues “el más grande de todos (los hombres) fue el que amó a Dios” (Kierkegaard, 2010, p.592).  Y esto es porque el hombre no puede, aun en la angustia, perder de vista lo eterno: “el hombre no puede liberarse de lo eterno; no, no podrá por toda la eternidad. No, el hombre no podrá una vez por todas arrojar lo eterno lejos de sí; nada hay más imposible” (Kierkegaard, 2008, p.37).
Esto sugiere afirmar que la angustia evita perder la cabeza, evita que el hombre deje de ser sí mismo y ofuscarse en la existencia de los demás, impide que el hombre se mire a sí mismo, la angustia irrumpe en el hombre y “atraviesa (en él) una calma muy particular” (Heidegger, 2003, p.26). Y si no se diera la angustia en el hombre, si no se diera la irrupción, el ser humano se hundiría junto con las cosas en la indiferencia, en ese deseo de no querer saber si esto o aquello es real, si esto o aquello está bien.
Asimismo, obviar esto sería negar el Eros admirativo, querer arrojar fuera de sí a lo eterno es perder de vista el objeto amado, el único objeto esperanzador. No puede ser así, porque “el extrañamiento que hay en el asombrarse resulta función del más hondo Eros admirativo” (Balthasar, 1964, p.108).  Esa admiración no solo permite darse cuenta de la realidad, sino también permite la superación del nivel anterior. Es la angustia que hace que uno sea ético con uno mismo, ser ético con los demás y ser ético por cumplir la voluntad de Dios.
Puesto que la fundamentación de los actos del hombre, a partir de los niveles señalados, no necesariamente son por la mera razón sino que también “deben su fundamentación en la hegemonía de la voluntad” (Sellés, 2014, p.382). Porque la angustia, dentro de las definiciones  y niveles aquí planteados, no pasa a formar parte de la ética al estilo kantiano[4] que es normativa pero muchas veces vacía, sino que es más existencial, es en el hombre y del hombre (Sellés, 2014, p.382-383).  Es decir, la angustia se da en el hombre y por eso le afecta a él más que a los demás hombres. Aunque, como se ha dicho al inicio del capítulo, los efectos en lo exterior serán proporcionales a la solución que el hombre engendre en su interior.
Así, la ética kierkegaardiana, entendida bajo los tres niveles planteados, tampoco se basa en un discurso racionalista al estilo hegeliano[5] sino en la vivencia de la persona. De lo contrario ¿cómo podríamos llamarlo existencialista? En otras palabras, “tal como Kierkegaard la propone, no es más que la forma de su propia vida, y si contiene algo general o universal, es únicamente la invitación a todos” (Jolivet, 1976, p.47). Pero, ¿no es acaso algo insuperable, si de niveles se habla?, ¿será necesario y determinante realizar los tres niveles aquí planteados? Sin lugar a duda muchas cosas se puede responder, pero esta explicación se realizará en el capítulo que sigue, donde se tratará la angustia no solo como posibilidad e imposibilidad, sino también como condición humana.



[1] Esta frase es de José Antonio Merino. Pero me parece apropiada para lo que deseamos remarcar en este párrafo.
[2] En la biblia, Abraham es realista consigo mismo y piensa que a su edad ya no es posible esa promesa, mucho menos con la edad de Sara. Sin embargo, como en este trabajo estamos analizando la obra de Kierkegaard, encontraremos que el filósofo danés presenta la historia de Abraham como si éste no hubiese sido realista con su edad.
[3] En la historia presentada por Kierkegaard en Temor y temblor se entenderá que ese otro es Sara. Porque es ésta quien le dará un hijo.
[4] No es el deber por el deber, sino más bien que hay un convencimiento que lo invita a vivir éticamente desde la existencia misma.
[5] No se va a citar la propuesta hegeliana, pero basta decir que para Hegel todo aquello que es racional tenía que ser real y aquello que es real tenía que ser necesariamente racional.


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